Descifra el enigma del descifrador de Enigma

El código Enigma (The Imitation Game, 2014) es una coproducción de Estados Unidos y Reino Unido dirigida por el noruego Morten Tyldum. Éste se inspira en un libro de Andrew Hodges y registra algunos pasajes de la vida del matemático Alan Turing. A diferencia de La teoría del todo (The Theory of Everything, 2014) de James Marsh, en la que la ciencia es un exótico –y hasta accesorio– telón de fondo, en la propuesta de Tyldum hay un diálogo entre la personalidad de Turing, su biografía y sus aportes. Me explico.

El código Enigma se ubica básicamente en tres momentos: 1928, en la adolescencia de Turing; 1939, cuando contribuye a descifrar Enigma, la máquina que usaban los nazis para cifrar los mensajes que enviaban; y 1951, cuando es objeto de sospechas policiales. La cinta ayuda a entender al hombre y al científico, a dar cuenta de sus tribulaciones y del valor de sus contribuciones (la “máquina de Turing”, por ejemplo, es un antecedente de la computadora).

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Tyldum rompe con el relato lineal y propone saltos temporales que son pertinentes para dar cuenta de las vicisitudes del período que le tocó vivir a Turing, pero sobre todo contribuyen a iluminar la intimidad del matemático, su conducta y sus afectos. El argumento avanza por medio de acercamientos (y la cámara a menudo se mueve en travels hacia adelante, justamente hacia el personaje), tratando de emular el proceso de desciframiento de un mensaje codificado. Así se van matizando el carácter y las motivaciones del personaje principal, quien utilizó su inteligencia para dar cauce a sus emociones, y mientras se esforzaba en despejar enigmas hacía uso de la encriptación –del secreto y del disfraz– para manifestar sus sentimientos. Conforme la cinta da cuenta del desciframiento del enigma de Enigma, también revela las claves el enigma que va dejando de ser Turing (de hecho el juego al que alude el título original tiene como propósito el descubrimiento… y el juicio).

Tyldum cuenta con valiosos aportes multinacionales. Para empezar, en la cinefotografía, cortesía del español Óscar Faura (responsable de la luz de El orfanato), que es rica en claroscuros y que de manera elocuente –para hacer visibles, sensibles, los contrastes de Turing– pareciera dividir la pantalla en una zona luminosa y otra de penumbra. La música del francés Alexandre Desplat contribuye a acentuar las emociones, que a menudo se contienen pero que sin falta llegan al desbordamiento. No menos importante es la contribución del actor inglés Benedict Cumberbatch, quien da vida a Turing adulto y sin llegar al exceso escenifica de manera convincente sus dudas y sus vanidades; con sutileza da cuenta de cierto amaneramiento.

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Tyldum transita con fortuna por el cine biográfico y hace de Turing un símbolo de la genialidad atormentada. A ello contribuye de buena manera el diálogo que se establece entre la estructura de la cinta y la biografía del personaje, pues como la mente y las emociones la vida avanza a saltos discontinuos. Al final, así, se despeja el enigma de Turing y es posible comprende lo que hay detrás de sus secretos y sus obsesiones; queda claro que la inteligencia puede ser un buen aliado de la emoción.

 

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