Tras la tormenta: apreciable presente

El nipón Hirokazu Koreeda es uno de los consentidos de Cannes. Desde 2001 ha estado presente en seis ocasiones en diferentes secciones. Con De tal padre tal hijo (Soshite chichi ni naru, 2013) participó en la Sección oficial y obtuvo el premio del jurado; el año anterior fue considerado en Una cierta mirada con Tras la tormenta (Umi yori mo nada fukaku, 2016), su más reciente entrega. En ésta vuelve a los temas de la primera, de ahí que sea una especie de De tal padre tal hijo 2. Pero más que una continuación es una ampliación del “campo de batalla”.

Tras la tormenta, escrita por Koreeda, registra las contrariedades de Ryôta (Hiroshi Abe), un cincuentón que escribió una novela en su juventud y hoy pasa por una severa crisis económica. Trabaja para una agencia de detectives privados con el pretexto de “hacer una investigación” para su siguiente obra, pero está estancado. Vive en la precariedad y en deuda con su exmujer, quien le impide ver a su hijo si no paga la pensión alimenticia. Un día, el de la tormenta, Ryôta coincide en casa de su madre con su ex y con su hijo. Lo sustancioso, como sugiere el título, viene después.

Koreeda nos lleva con un ánimo contemplativo a barrios apartados donde conviven personas de diferentes niveles económicos. Con una cámara que muy rara vez se mueve y que a menudo toma distancia –gracias a lo cual consigue dar peso a la geografía– va esbozando con paciencia un panorama naturalista: se diría que lo expuesto es pertinente para el drama y para la etnografía.

El japonés explora una vez más la familia y sus códigos, el peso del pasado en la convivencia presente. En particular reflexiona sobre la paternidad y el otro extremo de la relación: la filiación. Del difunto padre de Ryôta sabemos una serie de singularidades negativas por las quejas de su madre. El susodicho era jugador e irresponsable; y si su familia no vivía en la precariedad, tampoco en la opulencia; “lo único bueno era su caligrafía”, anota la viuda. Ryôta tiene sentimientos encontrados con su progenitor. Queda claro que en la infancia había cariño y complicidad, pero descubre que era mentiroso y que era cliente habitual de una casa de empeño. Asimismo hubo una ruptura cuando él decidió ser escritor. Como padre, Ryôta busca estar cerca de su chamaco, pretende apoyarlo en el béisbol y establece cierta complicidad con él: el ciclo se repite. Debe luchar contra las restricciones legales (sólo puede ver al hijo una vez al mes, y eso si paga) y para ello usa todo su ingenio. El mapa que presenta Koreeda es expuesto con solvencia: consigue empatía y cercanía con sus personajes sin hacer juicios contundentes, pues ofrece material suficiente para la comprensión.

Lo mejor, adelantaba, viene con la tormenta. Ryôta tiene un diálogo maravilloso con su madre. Cuando le comenta que la vida de su padre no fue como él quería, la madre se pregunta “por qué será que los hombres no saben apreciar el presente”: viven “persiguiendo lo que sea que perdieron o sueñan con cosas más allá de su alcance”. Asimismo comenta que “no puede encontrarse la felicidad hasta que se es capaz de desprenderse de ciertas cosas”. Concluye que en realidad la vida es muy sencilla y, sin petulancia, ella misma reconoce que ha dicho “algo profundo”. Aquí aparecen las pistas para interpretar lo que ha pasado antes en la historia y lo que viene después, que es maravilloso. La emoción se multiplica cuando Koreeda deja ver que el sustento del nexo familiar es el afecto, que está por encima de la incomprensión y del reproche. No cierra con esos cambios tremendos que tanto gustan a Hollywood, sino con una sutil apertura en la que resulta posible conciliar lo que se quiere ser con lo que se está siendo y lo que se está haciendo, en la que el presente deviene apreciable: mientras haya vida y voluntad hay esperanza.

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