DeMuestra: Stalker: el evangelio según San Andrei Tarkovski

Como es bien sabido, las películas del ruso Andrei Tarkovski no eran del agrado de la nomenklatura soviética. El Estado, poseedor de los medios de producción, así como de la distribución y la exhibición (y de las decisiones sobre la participación de las cintas en festivales internacionales), se esmeró en poner un obstáculo tras otro a los proyectos del gran realizador. (Y cuando no era así, las contrariedades se multiplicaban, como sucedió con Stalker, cuyo rodaje tuvo múltiples retrasos, entre otras cosas por un temblor de tierra, porque se estropeó parte del material y Tarkovski sufrió un infarto que lo obligó a estar en reposo. El realizador anota en sus diarios que la cinta estaba “embrujada”.) No obstante, Tarkovski se las ingenió para filmar cinco largometrajes en la Unión Soviética. Stalker (1979), que circuló en Argentina y México con el añadido en el título de “la zona”, fue el último que realizó en suelo soviético: posteriormente se exilió en Occidente, donde filmó sus dos últimos largometrajes.

Stalker se inspira en la novela Picnic extraterrestre de los hermanos Arkadi y Boris Strugatski, quienes participaron en la escritura del guión. La cinta acompaña al personaje epónimo (Alexander Kaidanovski), quien es “un servidor, un creyente, un fiel de la zona”, según anota el cineasta en sus diarios. El Sltalker sirve de guía a los que pretenden visitar la zona. Se dice que ésta es de origen extraterrestre, y en ella hay una habitación donde se materializan los deseos más profundos. El Stalker conduce a un escritor (Anatoly Solonitsyn) y a un científico (Nikolai Grinko). El ingreso es tortuoso, pues la zona es custodiada por el ejército. Una vez franqueado el umbral, aparecen las verdaderas intenciones de los viajantes… y la aventura adquiere proporciones filosóficas y religiosas.

En Stalker Tarkovski deja ver toda su maestría y su pericia técnica. La cámara se desplaza con elegancia, al acecho de los personajes (un stalker es alguien que está al acecho, que vigila y observa a otro: una de las traducciones es “acosador”; también quiere decir “caminar a paso de lobo”). Al inicio establece un ánimo contemplativo y pronto transita al estilo característico del cine de acción y filma un thriller con todas las de la ley. La extrañeza inicia en la casa del Stalker y no abandona la cinta (la escena inaugural es sorprendente; la que da cuenta del paso del umbral a la zona es portentosa). Y si el manejo del color (que va del blanco y negro a diferentes paletas de color) y la fotografía son maravillosos, el sonido reserva más de una sorpresa. Se diría que se construye una sinfonía con sonidos incidentales y ambientes. En “Esculpir el tiempo”, libro en el que Tarkovski plantea su credo y que es una especie de Biblia, el cineasta anota que es posible que “en una película sonora, trabajada con toda consecuencia, no quede sitio para la música, y sea suplantada por ruidos, más interesantes desde el punto de vista del arte cinematográfico, cosa que yo he procurado en mis dos últimas películas: Stalker y Nostalgia”. Imagen y sonido contribuyen a construir una especie de paradoja: mientras se ocupan de los elementos naturales y son pródigos en la observación de la vegetación, del agua que corre o se estanca, es decir, mientras se propone un acercamiento naturalista, se establecen atmósferas oníricas. Así asistimos a una especie de irrealidad realista.

La estrategia pasa por la ciencia ficción, sobre la que el cineasta confiesa no tener ningún interés (afirmación que hace extensiva a Solaris). “En Stalker”, anota, “la ciencia ficción no era sino un punto de partida táctico, útil para ayudarnos a destacar aún más gráficamente el conflicto moral, que era lo esencial para nosotros. Pero en todo lo que le sucede en esa película al protagonista no hay ciencia ficción de ningún tipo.” La fascinación audiovisual permite atender el gran asunto de la cinta: la crisis que atraviesa la humanidad, que ha perdido la fe y la esperanza y vive en el extravío. Tarkovski lo explica con lucidez en “Esculpir el tiempo”: “El alma ansía armonía, mientras que la vida está llena de disonancia. En esta contradicción se halla el estímulo para el movimiento, pero también la fuente de nuestro dolor y de nuestra esperanza. Es esa contradicción la confirmación de nuestra profundidad interior, de nuestras posibilidades espirituales.” Añade: “De esto trata Stalker: su protagonista pasa momentos de desesperación. Su fe se tambalea, pero una y otra vez siente su vocación de servir a los demás, a los que han perdido sus esperanzas e ilusiones.” La cinta es pertinente para postular su ideario, se diría que es una especie de evangelio: “Tal vez fue en Stalker, cuando sentí por primera vez la necesidad de indicar con claridad y sin equívocos el valor supremo por el cual, como dicen, vive el hombre […] En Stalker lo digo de forma abierta y yendo hasta las últimas consecuencias: el amor humano es ese milagro capaz de oponerse eficazmente a cualquier especulación sobre la falta de esperanza en nuestro mundo. Lo malo es que también nos hemos olvidado de qué es el amor.”

En la ruta el cineasta lanza una crítica al arte y a la ciencia, que han perdido de vista al hombre y han adoptado perspectivas mezquinas. Irrumpe así una propuesta mística, que convoca lo inefable y lo invisible. Y la visión de la cinta es cercana a una experiencia religiosa: al ver Stalker dan ganas de creer…

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