DeMuestra: Rostros y lugares: el encanto de Agnès Varda

Desde el documental Los cosechadores y yo (Les glaneurs et la glaneuse, 2000) la belga Agnès Varda ha hecho de ella, en su cine, un personaje. Un personaje curioso, humilde, entrañable, justo es añadir. En la citada cinta comparte con el espectador su fascinación por el descubrimiento de las maravillas del video, y con una camarita se lanza a recolectar imágenes (de ella, para empezar), como los espigadores del título original. La fórmula es afortunada, una vez más, en Las playas de Agnès (Les plages d’Agnès, 2008), en la que regresa a pasajes importantes de su vida y concibe una gozosa película de memorias. Este ánimo lúdico se extiende a Rostros y lugares (Visages villages, 2017), en la que comparte el crédito de la realización con el joven fotógrafo JR.

Rostros y lugares inicia con la presentación de los convocantes –que son personajes y realizadores– con escenas juguetonas en las que Varda y JR nos comentan que parecía difícil que sus caminos no se hubieran cruzado previamente. Posteriormente, por medio de un diálogo, comparten el dispositivo de lo que está por venir (y ya anticipa el título): partir a escenarios rurales y registrar rostros y pueblos. Se lanzan en una camioneta vanette que hace las veces de cabina fotográfica. En el camino invitan a pobladores, agricultores, ganaderos, estibadores y sus esposas a participar de sus proyectos. En general éstos consisten en fotografías monumentales que pegan en fachadas de edificios diversos. La convivencia– la complicidad– de Varda y JR ofrece pasajes divertidos y multiplica el significado del paisaje; el trabajo que surge de sus cámaras es maravilloso.

Rostros y lugares esboza, para empezar, el retrato de sus realizadores-personajes. Se construye la figura de dos artistas que hacen de la irreverencia (de Varda frente al arte y ella misma; de JR frente al arte… y Agnès) una estrategia creativa. El acercamiento y los personajes contribuyen a dar frescura a la aventura. En la ruta aparecen dos artistas sensibles al paisaje que brinda la geografía, pero también al que ofrecen los pobladores que habitan parajes alejados de las grandes ciudades. Conforme avanza la cinta y se acumulan los kilómetros, los realizadores van un poco más allá del turismo y aparece el rostro de especímenes que, pareciera, están en proceso de extinción: el agricultor que, solo, siembra centenas de hectáreas; el ganadero que atiende con su hija a sus cabras o la mujer que con un ayudante hace lo propio con las suyas. Asimismo, visitamos viejos barrios deshabitados o próximos a la desaparición. Por otra parte, la cineasta hace un monumental elogio de la mujer –que es casi una declaración feminista– maravilloso y exento de violencia.

Varda y JR entregan una cinta encantadora, que sorprende y emociona, divierte y entretiene. Y que nos lleva a reflexionar sobre más de un asunto: la maravilla del arte, que permite dialogar sin pretensiones a personas de diferentes orígenes; la belleza que está como materia prima en la realidad, y que toma forma en las manos del que sabe trabajarla; la fuerza vital que empuja a la Varda, que a sus 88 años (cumple 90 el 30 de mayo), arriesga el físico y se arriesga como artista: es un modelo de mujer que, al poner vida a sus años, trae a la memoria aquello que cantaba el poeta de la rima fácil. Si bien es cierto que por momentos la espontaneidad es trabajada y la improvisación es controlada, queda claro que la curiosidad es un ingrediente imprescindible para la vida y para el arte. La curiosidad y la imaginación rejuvenecen a Agnès; la indiferencia, tan abundante hoy día, envejece. La travesía es habitada por la alegría. Sin embargo, hay un par de pasajes desagradables que merecen atención desde una perspectiva ética: uno de ellos tiene que ver con los ganaderos que cortan los cuernos a sus cabras, práctica que es censurada sin ofrecer réplica; otro tiene que ver con Jean-Luc Godard, quien tuvo la deferencia de quitarse los lentes oscuros para Varda en su ficción Cléo de 5 a 7 (Cléo de 5 à 7, 1962) y es el impresentable de siempre.

Rostros y lugares, que fue considerada al Óscar a mejor documental (Varda es la persona más longeva en ser nominada), ha cosechado una cantidad impresionante de premios por todo el mundo, entre ellos el Ojo de oro, que Cannes entrega al mejor documental del festival.

 

 

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