DeMuestra: Leviatán

Desde su primer largometraje, El regreso (Vozvrashchenie, 2003), en el que daba cuenta de los conflictos de un par de chamacos cuando su padre aparece luego de 12 años de ausencia, el ruso Andrey Zvyagintsev no ha dejado de ser sensible al paisaje después de la batalla que supuso la desaparición de la Unión Soviética. En sus cintas posteriores (El destierro, Elena) ha explorado los conflictos de familias que se han conformado luego de rupturas o separaciones en un paisaje en el que la desconfianza provoca un permanente ruido de fondo y la violencia está latente, en el que la fe religiosa está presente más como discurso que como acción y las diferencias de clase son ostensibles.

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En Leviatán (Leviafan, 2014), su cuarta entrega, da cuenta de las desventuras de Nikolay (Aleksey Serebryakov), un hombre que habita una casa junto al mar y que sostiene un pleito legal, por la propiedad de ella, con el alcalde del lugar. Para ayudarlo en su caso llega de Moscú un amigo abogado, Dimitry (Vladimir Vdovichenkov). Pero las cosas pronto se complican y Nikolay encara un futuro peor del que jamás imaginó.

Zvyagintsev, realizador y guionista, comenta que se inspiró en un caso que sucedió en Estados Unidos, donde una corporación pretendía obtener la propiedad de un hombre que construyó una especie de búnker para defenderse del atropello. En su cinta es del Estado, encarnado en el rollizo alcalde, de donde surge el abuso. La historia se ubica en “el fin del mundo”, en un paisaje gélido y melancólico de en una vastedad abrumadora. La naturaleza es de una belleza inocultable, mas es indiferente –como Dios– a los que habitan este valle de lágrimas, abandonados al mal que sugiere el monstruo del título y que deviene una metáfora del Estado. El espacio y la luz contribuyen a generar atmósferas de desolación (mención aparte merece el notable desempeño del cinefotógrafo Mikhail Krichman), un estado de ánimo más cercano a la tristeza que a la euforia.

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Leviatán tiende un puente con el pasado reciente y remoto de Rusia. Se hace alusión a Alexander Nevski, emblemático héroe nacional del siglo XIII (cuya gesta inspiró la memorable cinta de Sergei M. Eisenstein), como fuente de orientación en los difíciles tiempos que corren. Pero también aparecen Brezhnev, Lenin y Gorvachov… como posibles blancos para disparos de armas de fuego. Y para convertirse en eso van las autoridades actuales; sólo hay que darles tiempo, comenta un personaje. En más de una ocasión la religión irrumpe, pero el pope es más un servidor de los poderosos que un verdadero guía espiritual para la grey. Porque en esta tierra sin Dios los humanos se las arreglan para hacerse daño los unos a los otros, incluso cuando hay afecto entre algunos de ellos, ante la prédica ¿hueca? de los representantes de la Iglesia.

Zvyagintsev consigue instalar un clima de tensión provechoso para empujar las situaciones que viven sus personajes, las emociones que experimentan, y para dar densidad a la crítica. Al final no hay buenos y malos, sino víctimas y verdugos. En un Estado sin ley y sin Dios, la autoridad sigue abusando de los individuos, de los seres humanos comunes y corrientes. Y el alcohol ayuda a ahogar las abundantes penas, pero se sufre tanto que el alcoholismo llega a ser otra fuente de sufrimiento: pareciera que el tiempo no pasa en Rusia; o sí: tan sólo para acrecentar las miserias.

En Cannes 2014 Leviatán se llevó el premio a mejor guión.

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