DeMuestra: La vida de calabacín, la prodigiosa vida de Calabacín

La vida de Calabacín (Ma vie de courgette, ) obtuvo celebridad gracias a su exitosa ruta festivalera: aspiró a la Cámara de oro en Cannes (premio que se entrega a la mejor ópera prima del evento), obtuvo el premio del público en San Sebastián, Tokio, Varsovia; se embolsó el César a mejor película animada. La culminación, en términos de popularidad, llegó con la nominación al Óscar (que suele convocar prodigios animados para luego despacharlos con las manos vacías). Tanto reconocimiento no es accidental: se trata de una película extraordinaria.

La vida de Calabacín se inspira en la novela Autobiografía de un Calabacín de Gilles Paris y es la primera incursión en el largometraje del suizo Claude Barras. Éste acompaña al personaje del título (cuyo nombre es Icare), un niño de nueve años, que vive en el abandono con su madre, una mujer abandonada y alcohólica. Un mal día las cosas cambian para el chamaco y va a dar a un orfanato. Ahí conoce a niños y niñas que, como él, han crecido en situaciones adversas. Todos acarrean un pasado triste y padecen las consecuencias del maltrato, pero aprenden a vivir en comunidad y darle un sentido literal al lugar que habitan: hogar.

Barras propone una animación en stop motion con toques minimalistas. Las figuras, de unos veinte centímetros de altura, se caracterizan por desproporcionadas cabezas y grandes ojos, lo cual se traduce en apreciables dosis de expresividad… y de emotividad. La animación es extraordinaria; no deja de sorprenderme el prodigio del movimiento cuadro por cuadro, lo cual es el fundamento técnico del cine: esta técnica me sigue resultando apasionante. La luz aporta calidez incluso en los momentos aciagos; se diría que el candor de Calabacín inunda la pantalla. A ellos se suman voces infantiles que dan cuenta del maltrato pero también de la añoranza, y músicas también minimalistas –cortesía de Sophie Hunger– que son pertinentes para subrayar con sutileza los diversos estados de ánimo que experimentan los personajes. La artesanía, en conclusión, es una verdadera maravilla. Aquí la forma remite a un universo cándido más que ingenuo y es emoción pura.

Barras se propuso invertir el paisaje que explora el cine contemporáneo, en el que el hogar (o el hospicio) “es escenificado como un lugar de maltrato y el mundo exterior como el lugar de la libertad. En La vida de Calabacín el paradigma es invertido: el maltrato se padece en el mundo exterior y el hospicio es el lugar del apaciguamiento y de la reparación. Es lo que hace que este relato sea clásico y moderno a la vez”. El suizo remite en cierta forma al cine de Tim Burton, no sólo por el aprovechamiento de la animación sino por el afán de acercar a los niños a asuntos escabrosos, al mal en el que viven y han de crecer. Los niños de La vida de Calabacín han pasado por experiencias violentas en sus casas; el mundo es un lugar hostil en el que los seres cercanos constituyen la primera y más grande amenaza. En el hogar Calabacín puede vivir una serie de valores que parecían lejanos: solidaridad, compasión, comprensión, generosidad… amor.

Hayao Miyazaki decía que desde edades muy tempranas los humanos experimentan la nostalgia, la pérdida. Barras explora este asunto en términos apreciables para un amplio público, desde los muy pequeños hasta sus padres o abuelos: es una película para todo público. El mal que se presenta aparece de forma accesible y de sus huellas queda constancia en la gestualidad y el comportamiento de los niños. Asimismo el cineasta suizo abre una ventana de esperanza que hoy día parece ingenua, una ventana que deja ver un paisaje fantástico más que fantasioso en el que la bondad hace visible y sensible al otro. Con humor esboza un escenario posible y deseable en el que los adultos se esfuerzan en hacer de este mundo un mundo mejor, y los niños pueden ser niños y aspiran a crecer en ambientes amables.

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