Happy End: distante cercanía

En Happy End (2017), su más reciente largometraje, el alemán Michael Haneke regresa con la acostumbrada sobriedad a los asuntos que habitan su filmografía. Tiende un puente directo con su largometraje anterior –la maravillosa Amor (Amour, 2012), ganadora de la Palma de Oro en Cannes– pero también con entregas previas, como El listón blanco (Das weiße Band – Eine deutsche Kindergeschichte, 2009). La crítica ha sido tacaña con Happy End, pero el resultado es agudo y duro: cinematográfica y dramáticamente hablando, feliz.

Haneke, también autor del guión, nos lleva a Calais, al norte de Francia, donde acompaña a una familia de la alta burguesía. Seguimos en particular las vicisitudes del patriarca, Georges Laurent (Jean-Louis Trintignant), así como de su hija Anne (Isabelle Huppert) y su hijo Thomas (Mathieu Kassovitz). El primero es un anciano que busca suicidarse en más de una ocasión; Anne tiene una relación tensa con su hijo, y Thomas se hace cargo de la hija de su primer matrimonio, cuya madre está hospitalizada por una sobredosis de calmantes. La convivencia –si así puede llamársele– de los Laurent no es amable; parecen tolerarse mal. El final feliz del título, por supuesto, es una ironía.

Haneke propone un estilo contemplativo. La cámara, con buena profundidad de campo, se convierte en un observador distante y hasta indiferente que registra una cotidianidad gris: la miseria en la opulencia. A menudo da cuenta de lo que se presenta en segundo plano y así da peso al contexto (lo mismo un conductor desesperado detrás del automóvil del protagonista que la pasividad de algún personaje; los abusos normalizados de una clase dominante con sus empleados; las miserias de los migrantes africanos) o importancia a lo distante (como el accidente que tiene lugar en la obra que tiene a su cargo la empresa Laurent); rara vez se mueve para acompañar a alguien (y así refuerza el paisaje moral que presenta). La puesta en escena es de una limpieza valiosa. La clase social es perceptible en los espacios, pero rara vez hay ostentación. Para no variar, Haneke renuncia al uso de la música no diegética (la que proviene del exterior del universo que plantea la película), estrategia habitual –y a menudo facilona– para manipular la emoción del espectador. El montaje se estructura a partir de viñetas que generan incertidumbre y ambigüedad, que reservan más de una revelación.

Este dispositivo es conveniente para esbozar la distancia y la frialdad, la indiferencia, que caracteriza a esta familia burguesa. Se impone en cada momento el ensimismamiento de cada uno de sus miembros. Es raro el contacto, habitual la hostilidad. Los Laurent no saben cómo convivir porque no tienen interés en hacerlo: viven cómodos en su no involucramiento. Anne no dialoga con su hijo, y cuando muestra interés –muy rara vez– éste es falso y sólo es para criticarlo; Thomas, que está en su segundo matrimonio y ha sido padre recientemente, busca emoción en una aventura amorosa; Georges, decepcionado de todo y de todos, vive para morir. Acaso el caso más grave es el de Eve (Fantine Harduin), quien tiene 13 años y manifiesta una crueldad similar a la que presentaban los chicos de El listón blanco. Ella, que registra su hartazgo y su maldad desde su teléfono celular, es el espectador hanekeniano por antonomasia, es una manifestación precoz de la forma de ser de los Laurent.

Happy End ofrece un diagnóstico ácido de la sociedad. En primer lugar, de la burguesía europea, cierto, pero que puede hacerse extensivo a otros ámbitos. De ahí el uso recurrente del celular, que hace de sus usuarios una especie de entes pasivos, de zombis; muestra la basura que abunda en plataformas de video en internet y exhibe el afán de compartir incluso lo más ruin para hacerse de un lugar en el mundo; pero sobre todo exhibe la indiferencia del otro, cercano (familiar) o distante (migrante). El ensimismamiento provoca depresión, y Haneke exhibe seres humanos deprimidos, incapaces de interesarse realmente en el otro. ¿Verdad que es un paisaje cercano?

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