DeMuestra: Ensiriados: un día en el infierno

Ensiriados (Insyriated, 2017) es el segundo largometraje como realizador del belga Philippe Van Leeuw, quien tiene una larga trayectoria como cinefotógrafo (colaboró en este rol con Bruno Dumont en La vida de Jesús). Es una coproducción de Bélgica, Francia y Líbano y se instala, como el título sugiere en Siria. Desde un departamento se da cuenta de la cotidianidad en tiempos de guerra, de los abusos y las precariedades que sufren los que se han quedado.

A partir de un guión suyo, Van Leeuw nos instala en la intimidad de la guerra siria. Sigue a Oum Yazan (Hiam Abbass), una mujer madura que trata de mantener cierto orden en su casa, en la que viven sus tres hijos, su suegro, una sirvienta y cuatro huéspedes por necesidad: una pareja de vecinos con su bebé y el novio de una de sus hijas. Mientras en el exterior se multiplican los disparos y los bombazos, ella se esfuerza en atender a los suyos y mantener la seguridad. Ésta es amenazada a menudo, y las hostilidades externas terminan por generar conflictos en el interior.

Salvo una escena, Van Leeuw ubica toda la acción en el interior de un departamento a lo largo de un día (al estilo de la mexicana Rojo amanecer). De lo que sucede en el exterior sabemos porque los personajes se asoman ocasionalmente por una ventana, pero primordialmente por el fuera de campo, que se hace presente por medio del sonido: en todo momento éste contribuye a generar tensión en el interior. Ahí, el cineasta acompaña con cámara en mano a sus protagonistas, en sus trayectos a los diferentes espacios, lo que acentúa la sensación de encierro y por momentos genera claustrofobia. La puesta en escena, con matices grises y afanes naturalistas –se diría que documentalistas–, hace visible el estado de cosas: un deterioro imparable, el polvo que generan las explosiones. El sonido, además de dar presencia al exterior, presenta músicas en algunos pasajes, pertinentes para subrayar los estados de ánimo por los que atraviesan los personajes.

La apuesta funciona para hacer del departamento un símbolo, el de un país que es tierra de nadie y atraviesa por la barbarie, y de lo expuesto, un diagnóstico. Exhibe una realidad abyecta, en la que no faltan los que buscan sacar ventaja del caos, en la que la sobrevivir es ya una hazaña. Circular por las calles representa un gran peligro por los francotiradores y por los coches-bomba. Ante este paisaje quedan dos opciones: irse del país (de ahí la enorme migración) o tomar las armas y resistir. Van Leeuw consigue contagiarnos de la tensión constante, de la zozobra y el miedo que sufren los habitantes del departamento-país. La comprensión pasa por la emoción, y el espectador termina por compartir la desazón, el sufrimiento, la angustia. Pero, la verdad, es muy difícil entender la sinrazón que exhibe el paisaje actual en Siria.

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