DeMuestra: Aquarius : la terquedad de ser uno mismo

Aquarius (2016) es el segundo largometraje de ficción del brasileño Kleber Mendonça Filho y compitió en la Sección oficial del festival de Cannes del año anterior. La historia acompaña a una mujer madura que es un ejemplo de resistencia, un personaje memorable por medio del cual se hace una sensible reflexión sobre la insensibilidad de los tiempos que corren. El título hace referencia a un viejo edificio de departamentos ubicado frente a una playa en Recife, capital del estado de Pernambuco. Ahí vive Clara (Sonia Braga), la única inquilina del edificio. A sus 65 años resiste los embates de una voraz constructora que busca levantar ahí una moderna torre.

Mendonça Filho, también autor del guión, propone una cinta que sin llegar a extremos contemplativos avanza siguiendo la cotidianidad, la rutina de Clara. No hay nada espectacular –al modo made in Hollywood–, y a medida que los minutos corren el tiempo cobra relevancia, sentido. La cámara describe y acerca (llaman la atención algunos zooms, movimientos poco utilizados en la actualidad y que hacen presente el pasado), acompaña; contribuye a generar intimidad y complicidad. La puesta en escena hace visible un universo añejo pero funcional (vintage pero no viejo, para ponerlo en los términos empleados en la cinta); da cuenta de la clase social y la historia del departamento, al que ingresamos por primera vez en 1980. La luz –con una paleta de color cálida– y los escenarios construyen las épocas y aportan calidez. La banda sonora completa un paisaje maravilloso: comenzando con las riquezas musicales que se hacen escuchar con regularidad, provenientes en su mayoría de una surtida colección de elepés. El rumor del mar y el scratch de los vinilos contribuyen a conformar atmósferas tranquilas y con ecos al pasado.

Pero Aquarius no es una elegía. Instala un tiempo vivo: más que un espacio vetusto y decadente, el departamento de Clara es un hogar, un lugar donde palpitan los recuerdos y se sigue haciendo la vida. Mendonça Filho eleva una crítica a la hipocresía ambiental de su Recife natal, que, como una buena parte de las ciudades latinoamericanas pretende crecer dando la espalda a su pasado, incrementando la fragmentación y la discriminación. El cineasta nos recuerda que uno es con sus memorias, y aferrarse a ellas y al espacio donde fueron presente, es una forma de seguir vivos. Conservar el pasado no significa voltear la espalda a lo nuevo (Clara declara que escuchar vinilos no supone evitar el registro digital) y para ello construye un personaje femenino memorable y sensual, seguro de lo que busca y dispuesto a defenderlo frente a propios y extraños. Un personaje que transita sin demagogia ni exabruptos, sin crisis estridentes ni pasajes sensibleros, que reivindica el derecho a ser uno mismo y a envejecer como se pueda y se quiera. La elección de Sonia Braga para el rol es doblemente atinada: porque es una gran actriz y porque de alguna manera ella es una muestra viviente de la historia del enjundioso de su país.

Con Aquarius el cine brasileño –al menos el que nos llega–, que sabe ver más allá del ombligo chilango que es Río de Janeiro, explora con agudeza algunas aristas del statu quo; y así refrenda su fuerza y su congruencia.

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