DeMuestra: Amante por un día, infiel por siempre

Por su longevidad, acaso más que por su estilo o sus éxitos (no muy abundantes, por lo demás), Philippe Garrel es un icono del cine francés. Su primer corto es de 1964; Amante por un día (L’amant d’un jour), la más reciente, es de 2017. Desde sus inicios y hasta la fecha hay un tema que lo obsesiona, del que surgen sus constantes y del que se ha ocupado en películas como Los amantes regulares (Les amants réguliers, 2005), con la que obtuvo un León de plata en Venecia, o Los celos (La jalousie, 2013): las vicisitudes de los amores juveniles y las contrariedades que aparecen en el camino, en particular la fidelidad.

Amante por un día acompaña a Gilles (Éric Caravaca), un cincuentenario profesor universitario que tiene una relación con Ariane (Louise Chevillotte), quien es estudiante de la escuela donde trabaja y vive con él. Por allá llega la llorosa Jeanne (Esther Garrel), la joven hija de Gilles, quien acaba de terminar con su novio. Su estado de ánimo y su vulnerabilidad ponen a su padre y a su chica en situaciones imprevisibles. Las charlas y la convivencia de Jeanne y Ariane, por otra parte, provocan cambios en todos.

Garrel, quien coescribió el guión con el mítico Jean-Claude Carrière –colaborador de cabecera de Luis Buñuel– entre otros, propone un relato con aires literarios, con una narradora que irrumpe ocasionalmente y lo mismo relata acciones que no vemos que comunica estados de ánimo de los personajes, acaso tanto como lo que comunican sus actuaciones. El relato es atemporal y adquiere dramatismo gracias a la labor del veterano cinefotógrafo Renato Berta, quien propone una elegante fotografía en blanco y negro. La banda sonora es habitada por las músicas de Jean-Louis Aubert, con un piano que hace labores de puntuación, de comentario y de subrayado emocional. En algún momento escuchamos “Lorsqu’il faudra” (canción de Aubert con letras del gran Michel Houellebecq, tema que aparece en el disco que el músico grabó a partir de los poemas de Configuración de la última orilla), que hace aportes al discurso que porta la cinta.

Tanta maravilla contribuye a empujar las preocupaciones habituales de Garrel. La cinta va del desamor deprimente y suicida a la reconciliación imprevista, de la estabilidad amorosa al rompimiento que deviene inevitable. El amor pasa por diferentes etapas, de la euforia a la tranquilidad, y aun cuando se tiene claridad sobre aquél y se racionaliza, los sinsabores resultan inmanejables; aun si no se es tan posesivo, al final duele (y aún más si sí se es). La desazón que provoca la infidelidad tiene diferentes matices, pero una cosa es clara (y se confirma una vez más una máxima del audiovisual): tiene mucho más peso lo que se ve que lo que se sabe; duele más ser testigo de la infidelidad que enterarse de ella. Los asuntos puestos en pantalla tienen per se una densidad atendible. No obstante, Garrel hace gala de esa frialdad que es muy francesa y el cineasta parece más empeñado en probar una hipótesis que en contagiarnos de las pasiones a las que alude. Así, los personajes resultan distantes y la entrega es más informativa que emotiva.

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