De lo bueno se habla poco… ¿y sólo cuando conviene?

El furor de la naturaleza acaparó la atención en las últimas semanas. Los medios nacionales y las autoridades se han ocupado, con sus bemoles, de los pormenores y las consecuencias de huracanes y temblores. Lo urgente y lo importante se congregaron y eclipsaron otros eventos, en otros campos, que también son importantes. Explica, hasta cierto punto, por ejemplo, el escaso eco que por acá provocó el León de oro que Guillermo del Toro recibió en Venecia el 9 de septiembre por La forma del agua (The Shape of Water, 2017). Una mención por aquí, alguna por allá; en general, la indiferencia. No obstante, se trata del premio cinematográfico más importante que ha recibido un cineasta mexicano.

En un ejercicio más bien ocioso hice un repaso con Ernesto Rodríguez (programador del Cineforo de la Universidad de Guadalajara) de los premios recibidos por cineastas o películas mexicanas en los festivales más importantes. En la cima estaría Viridiana (1961), coproducción de México y España que obtuvo la Palma de oro en Cannes y fue dirigida por el español Luis Buñuel (y que compartió con Une aussi longue absence de Henri Colpi). Se trata del evento más importante del mundo y del máximo premio al que puede aspirar un realizador. El premio a mejor realizador lo han ganado Alejandro González Iñárritu (por Babel), Carlos Reygadas (por Post Tenebras Lux) y Amat Escalante (por Heli). Después de Cannes estarían Venecia, Berlín (donde la cosecha es escasa) y San Sebastián. En este último Arturo Ripstein ha salido dos veces con la Concha de oro: la primera por Principio y fin (1993), que compartió la con la iraní Sara (1993) de Dariush Mehrjui; la segunda, en solitario, con La perdición de los hombres (2000). En el certamen italiano del año anterior Amat Escalante obtuvo el premio a mejor director con La región salvaje (2016), que, por cierto, sigue esperando su estreno en México.

El león de oro que se embolsó del Toro es, repito, el máximo galardón obtenido por un cineasta mexicano (Óscar no convoca a lo mejor del mundo: su liga es otra). ¿A qué se debe, entonces, tan poca pompa para la circunstancia? Quisiera dejar de lado los complejos provincianos y evitar atribuir parte de la explicación a que el cineasta no es de Ciudad de México. Quisiera, pero sí creo que ha influido: ¿otra cosa sería tal vez si se tratara de un “Cedemeco” (gentilicio que propone Jaime López para los chilangos). ¿Cómo explicar, por otra parte, el silencio gubernamental? Cierto que la Secretaria de Cultura, María Cristina García, felicitó en Twitter al tapatío, pero ¿no ameritaba algo más? ¿Del ciudadano presidente? ¿O sólo los deportistas lo merecen (porque el mentado ciudadano es oportuno cuando se gana alguna medalla olímpica)? ¿Podría influir el que en general los cineastas nacionales han mostrado una actitud crítica (a menudo con ánimo oportunista y autopropagandísitco, es cierto) con la presidencia de México y las instituciones gubernamentales? Lo cierto es que en la casa blanca (no: quedamos en que ésta era de la esposa), perdón, en los Pinos, la creación cultural o científica no cuenta como parte de lo “bueno” de lo que se habla poco (según reza la propaganda gubernamental). Aplaudir a los críticos desde una lógica mezquina no conviene; sin embargo, hablaría bien del que aplaude. Si alguien aconsejara al susodicho que aplaudiera.

Más allá de estas frivolidades, es justo reconocer (o más bien refrendar el reconocimiento) en Guillermo del Toro a un gran cineasta, a un baluarte del cine nacional… y mundial. No olvidemos que cultiva un género –cine fantástico– que es visto con sospecha por los grandes festivales. No obstante, en Cannes compitió en la Sección Oficial con El laberinto del fauno (2006); ahora obtiene el león veneciano con otra incursión en lo fantástico. La terquedad y genialidad del tapatío en este género han alcanzado para convencer, incluso a los más reacios realistas, que ahí también hay un campo para abordar lo urgente y lo importante: el cineasta comentó en Venecia que “el cine fantástico es un género político”. En lo personal no es el tipo de cine que más procuro, pero no dejo de experimentar fascinación por sus prodigios con sentido (porque también es justo apuntar que por acá hay mucha evasión y gratuidad), de reconocer su gran valor, su potencial –no siempre explotado– para reflexionar sobre la realidad. Es justo reconocer a del Toro, asimismo, su labor como impulsor de nuevos cineastas desde el rol de productor. A diferencia de otros cineastas, que saltan a la producción con ambiciones económicas, el tapatío se ha arriesgado a apoyar propuestas –de diferentes géneros– en las que cree. Enhorabuena por este galardón. No queda sino aplacar la impaciencia para descubrir La forma del agua, cuyo estreno ha sido anunciado para una fecha inolvidable: 8 de diciembre.

 

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