De la fascinación al fastidio

No hay engaño; el tráiler lo anunciaba y las casi dos horas de duración lo confirman: Terremoto: la falla de San Andrés (San Andreas, 2015) es la película veraniega por antonomasia, con su historia mínima y predecible, abundante acción, hartos efectos especiales y escasa sustancia. La cinta, como tantas otras de este género, prueba que, desde una butaca cómoda, en pantalla la destrucción es fascinante: como las pérdidas que se pueden constatar son mínimas y controladas (por el guión) a nadie se le ocurre pensar que lo proyectado es real; de ahí que a la larga hasta sea posible ver pasajes de comedia donde pretendía imponerse la tragedia. Dicho lo anterior, hagamos el recuento de los daños.

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Terremoto: la falla de San Andrés es el tercer largometraje del canadiense Brad Peyton, quien hasta ahora se especializaba en segundas partes: es responsable de la infumable Como perros y gatos 2 (Cats & Dogs: The Revenge of Kitty Galore, 2010) y de Viaje 2: la isla misteriosa (Journey 2: The Mysterious Island, 2012). Como sugiere el título, ahora se ocupa de los movimientos telúricos que ocasiona la falla de San Andrés, que pasa por California y Baja California. La historia sigue a Ray (Dwayne Johnson), un rescatista de Los Ángeles que encara el divorcio, y a Lawrence (Paul Giamatti), un especialista en temblores (de tierra, se entiende). El segundo encuentra un método para predecir movimientos telúricos: logra anticipar el evento alrededor de… 15 segundos; apenas termina de hacer la predicción y ya comienzan las sacudidas (de tierra, se entiende). Ray, por su parte, se ve en la imperiosa necesidad de esforzarse al máximo: todo el arsenal de su oficio es utilizado para rescatar a su casi ex mujer y a su hija.

Peyton entrega un compendio de lugares y estrategias comunes al cine de desgracias. Utiliza la familia como puente para involucrar al espectador: la tragedia cobra fuerza cuando se particulariza, se remite a un elemento común al que mira y escucha y la sobrevivencia adquiere rasgos de altruismo. En seguida porque hace una vulgarización recargada de la ley de Murphy: si algo puede salir mal, de seguro saldrá peor. Dicho de otra forma, asistimos a la multiplicación de los contratiempos: cuando hay un obstáculo por superar vendrán varios más; cuando parece que ya se consiguió el objetivo, se presentarán otras contrariedades. La idea es mantener entretenido –mediante abundantes sorpresas– al que asiste tranquilo desde su butaca al frenesí en pantalla. Tampoco falta el científico que nos explica lo que ocurre o está por ocurrir: es sano tener a un guía a la mano. Peyton, además y como también sucede con este género, nos evita ver los daños humanos: sigue otra “ley” dramática que, para no maltratar el estómago del que come palomitas, elude particularizar la tragedia y mostrar cuerpos magullados. Hacer que la masa de cadáveres sea invisible es menos por razones dramáticas que por la taquilla: así se aspira a una clasificación más generosa y puede asistir a la sala desde el público adolescente. Esta estrategia confirma que tiene menor peso lo que se sabe que lo que se ve: sabemos que los que estaban en el puente Golden Gate han de morir cuando este se precipite al agua, pero no los vemos muertos. No obstante, Peyton muestra destellos lucidores con la cámara y consigue algunos pasajes espectaculares. No muchos, justo es precisar.

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Terremoto: la falla de San Andrés es una película rutinaria que vuelve a hacer el culto de los héroes y a censurar la pobreza del ser humano común y cobarde. Y para héroes, la Roca Johnson, un campeón del rescate y un garante de la familia. Con su musculatura 3D (aun en 2D) pilotea con solvencia helicópteros, avionetas, lanchas (y hasta su Pick Up); sabe resolver cualquier contratiempo con prontitud y solvencia. Si él no puede rescatar a alguien, nadie puede (como sugiere su arrepentida casi ex esposa). Peyton queda a deber no sólo porque no sabe dar un poco de densidad a un guión de por sí unidimensional, sino porque saca poco provecho dramático, pocas emociones, de las sorpresas –las cuales van perdiendo fuerza– y de los efectos especiales. Aquí hasta la destrucción cansa y fastidia. Así las cosas, al final el terremoto apenas alcanza para sacudir la modorra.

 

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