De injusticias, restituciones y lamentos

Cuando terminé de ver La dama de oro (Woman in Gold, 2015) no pude evitar una serie de lamentos. Para empezar, por la inexistencia de un fondo monetario internacional dedicado a producir películas que registren las injusticias que se cometen hoy día en todo el mundo (y que sí existan acaudalados productores que nos recuerden a cada rato el Holocausto); en segundo lugar, que se haya privado a las jóvenes generaciones de un país de una de sus obras de arte emblemáticas por la torpeza e insensibilidad de sus gobernantes (hablo de Austria, que conste); tercero, que no tengamos en México un abogado tan ducho como el de la cinta: acaso con él regresarían por lo menos algunas de las numerosas piezas de valor histórico y artístico que salieron de forma ilegal del país, como el penacho de Moctezuma, que casualmente está en Austria, donde se desarrolla parte de historia. A todo esto habría que añadir que la película está lejos de ser un portento…

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La dama de oro es una coproducción de Estados Unidos y Reino Unido y es la más reciente entrega del británico Simon Curtis, quien posee una extensa filmografía televisiva y es responsable de Mi semana con Marilyn (My Week with Marilyn, 2011). Recoge las vicisitudes de Maria Altmann (Helen Mirren) para recuperar una obra pictórica –el famoso retrato de Adele Bloch-Bauer, tía de Maria, conocido como “La dama de oro”– que perteneció a su familia. Los nazis robaron la obra a finales de los años treinta. Sesenta años después Austria anuncia un proceso de restitución y Altmann contrata a Randol Schoenberg (Ryan Reynolds), un abogado en crisis que es nieto del famoso músico Arnold Schonberg. Ambos se embarcan en un proceso que pronto presenta una serie de complicaciones, sobre todo porque los austriacos no están dispuestos a deshacerse de una de las obras más importantes de su acervo cultural.

Dama de oro

Curtis inicia con una breve escena que protagonizan Gustav Klimt y su modelo, en Austria y a finales de los años veinte, y brinca a Los Ángeles a finales de los noventa. En adelante alterna entre las vicisitudes que aquí tienen lugar y los días aciagos en que los nazis despojaron a la burguesía judía austriaca de sus pertenencias. Alterna además entre el thriller, pertinente para dar cuenta de la acechanza nazi, el drama conyugal y el cine de juzgados. En todos los casos propone un acercamiento convencional, con un registro que por momentos no oculta su origen digital (el cual se hace evidente en los planos abiertos en exteriores): presenta situaciones que sin mayor imaginación y con cualquier pretexto detonan flashbacks que nos remiten a un pasado contrastante y explican o iluminan (a veces con cierta gratuidad) lo que Maria vivió en Viena. Así asistimos al encaramiento que ella hace de sus fantasmas, a la toma de conciencia y de pertenencia del abogado. La ruta ofrece más de un paralelismo cono Philomena (2013) de Stephen Frears, que también da cuenta del acercamiento entre una mujer mayor que en su juventud vivió episodios trágicos y un hombre más joven que la auxilia en la resolución de su problema. Parte del encanto, como en ésta, está en el crecimiento de la relación entre ambos, asunto en el que el buen desempeño histriónico es lo más valioso.

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Porque por lo demás Curtis entrega una cinta floja, rutinaria, que informa más de lo que emociona; y si hace la apología de sus héroes, tampoco examina a profundidad su circunstancia. Tampoco hace una crítica seria a los gobiernos que de alguna manera aún se benefician de las tropelías nazis. Pareciera que el cineasta está más interesado en lo anecdótico que en cualquier otra cosa; en el recordatorio más que en proponer una reflexión sobre el presente o plantear preguntas al futuro. El resultado es una película superficial y de alcance limitado, que se agota en lo que aborda (y que delata hasta cierto punto la trayectoria televisiva de Curtis): porque si de restituciones y justicia se tratara, habría que ofrecer otras aristas, algún comentario a los abusos e injusticias en la actualidad (cuando los roles han cambiado y las víctimas de ayer bien pueden ser los verdugos de hoy), y no sólo añadir más datos cinematográficos a la interminable, machacona –y a estas alturas cansona– victimización de los judíos, que han hecho de su sufrimiento en el pasado un emblema per saécula saeculórum y del Holocausto, una industria.

Holocaust

La industria del Holocausto:

http://www.ihr.org/leaflets/holocaust_remembrance.shtml

 

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