Cuando Nueva York comienza a ser un fastidio

Hubo un tiempo en que Nueva York en pantalla me ofrecía revelaciones constantes, a veces deslumbrantes. Por rutas distintas y con manifestaciones de cariño distantes, principalmente las películas de Woody Allen y Martin Scorsese –así como la Nueva York literaria del Manhattan Transfer de John Dos Passos– se sumaban para construir una ciudad en la que cabía la elegancia y la sordidez, los aires cosmopolitas y las prácticas de origen rural, el gran mundo y el terruño; la gran cultura y la gran acción; un rico mosaico intelectual y un abrumador abanico moral: un monstruoso crisol de la civilización. La Nueva York que servía de fondo o pretexto a dichas cintas iba más allá de la urbe turística y congregaba geografías insólitas, historias entrañables y pasajes deleznables (algo así como lo que Woody Allen propone a modo de prólogo en la memorable Manhattan). Quedaba claro por qué la Gran Manzana llegó a ser el modelo de ciudad de la modernidad, el destino inevitable lo mismo para los artistas que para los abundantes wannabe, para los cuantiosos villamelones “fanáticos” de los Yankees beisboleros que para los amantes de la ópera o del teatro y los practicantes del shopping (todos).

Nueva York se convirtió casi en un género cinematográfico. Pero desde hace algunos años no ha sido precisamente enaltecido. Parece que el requisito para filmar en sus calles es hacer un “sentido” homenaje (si bien una buena parte de las películas que transcurren ahí son rodadas en otras ciudades), por lo que sin falta aparecen elogios grandilocuentes a las maravillas de la ciudad y sus habitantes. Cada nueva entrega pretende mostrarnos aristas singulares de lo que de por sí ya nos vendían como singular. El resultado: una suma pedante de lugares comunes; lo extraordinario que nomás (ya) no aparece por ningún lado. Así lo confirma Amantes de 5 a 7 (5 to 7, 2014), la ópera prima de Victor Levin (que se estrenó la misma semana que Volver a empezar y su respectivo y repetitivo homenaje a la ciudad: ¿será casualidad?).

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Amantes de 5 a 7 recoge los encuentros de Brian (Anton Yelchin) y Arielle (Olivia Bérénice Marlohe). El primero es un joven judío aspirante a escritor; la segunda es una francesa madura y esposa de un diplomático. Al poco tiempo de conocerse se convierten en amantes. Pero ella sólo dispone del horario que anota el título: tiene un acuerdo con su marido, que por su parte tiene una amante a esas horas (para los neoyorquinos los franceses son los campeones del open mind, por lo menos para el neoyorquino Levin). Pero entonces aparece el amor con sus afanes de exclusividad. Y el gozo se va… a la literatura.

Levin presenta algunos riesgos formales (como el largo planosecuencia que va “apartando” a los protagonistas al perder profundidad de campo conforme avanzan hacia cámara) y un registro lumínico que hace visibles los afectos de los amantes. Pero esta apuesta es insuficiente para hacer funcionar una entrega que oscila entre la comedia romántica y el drama costumbrista. El cineasta busca para no variar una ruta a la singularidad al hacernos creer que unos mensajes colocados en las bancas de un parque son maravillosos y esconden las más extraordinarias historias de la ciudad; sin embargo, en el mejor de los casos en dichas frases se hace patente tan sólo un poco de ingenio. Por otra parte, busca humor en los desfases de usos y prácticas de norteamericanos y franceses y regresa sobre una paradoja nacional: mientras los neoyorquinos buscan distinguirse por el uso de palabras o frases en francés (para así convertirse en cosmopolitas muy chic; y, por supuesto, Brian habla sin problemas la lengua de Victor Hugo), Hollywood aprovecha cualquier oportunidad para destruir París (como he mencionado en otros textos). No falta, desgraciadamente, el refrito de lugares comunes: el escritor que se siente el centro del mundo y apenas vive su gran primera experiencia produce a montones profundos y conmovedores best sellers; los padres judíos, que son presentados con sus quisquillosidades y sus intromisiones; no falta tampoco la verborrea nerviosa al estilo Woody Allen. El resultado es una comedia que pretende emular a Allen… pero sin Allen, ergo sin gracia.

5 to 7

5 to 7

Pero acaso lo peor está en el aliento romántico que supuestamente empuja la cinta. Vaya y pase que Arielle inexplicablemente se enamore perdidamente del joven sin atributos (en estos menesteres la razón no nos da razón, ya se sabe), pero pretender que los balbuceos y torpezas de Brian nos resulten graciosos o contagiosos a los que observamos desde la sala es un abuso de confianza. Al tratar de hacer un homenaje al “gran amor” (o “amor verdadero”, como lo mientan en los cuentos de hadas) termina haciendo de los amores probables un mero premio de consolación: la vida conyugal como un sucedáneo de la vida misma, la familia como una farsa cobarde. Por películas como Amantes de 5 a 7 Nueva York comienza a ser un fastidio en pantalla. ¡No más homenajes, por favor!

 

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