Cuando la amnesia es difícil de olvidar

Dos años después de Following (1998), Christopher Nolan dio un salto geográfico, pero también cualitativo y cuantitativo, con Amnesia (Memento, 2000). Producida y filmada en Estados Unidos (en 25 días) con un presupuesto de nueve millones de dólares, Nolan amplía sus horizontes formales y narrativos. En su momento la cinta fue bien recibida por la crítica y el público, al grado de convertirla en objeto de culto. Así lo confirman los resultados que presenta metacritic.com, portal que congrega textos y evaluaciones que aparecieron en la prensa y comentarios de los espectadores: 80/100 de la primera y 9.0/10 de los segundos (en la Internet Movie Database tiene una calificación de 8.5/10). Lo cierto es que Amnesia puso a Nolan en el escenario mundial y atrapó principalmente a los jóvenes, que se convertirían más adelante en su público más fiel.

memento

Con un guión suyo, inspirado en un cuento de su hermano Jonathan, Nolan recoge las desventuras de Leonard (Guy Pearce), quien trabajaba como investigador para una compañía de seguros y ahora vive obsesionado con vengar la muerte de su esposa. Pero el principal inconveniente es él mismo, pues su memoria de corto plazo no funciona (un padecimiento conocido como amnesia anterógrada). Por eso ha desarrollado un sofisticado sistema de notas, utilizando su cuerpo como reservorio de datos y fotos instantáneas para ubicar gente y lugares. No obstante, es víctima de los que lo rodean, quienes sacan ventaja de lo que él llama su “condición”. En especial Teddy (Joe Pantoliano), quien se cruza en su camino constantemente para brindarle apoyo. Al menos en apariencia. Lo mismo sucede con Natalie (Carrie-Anne Moss), quien trabaja en un bar. Conforme avanza la película descubrimos los detalles de las miserias de Leonard, cuyo origen se remonta al aciago momento en que su mujer fue atacada por unos ladrones.

En Amnesia se consolida la familia Nolan. Su hermano Jonathan, como quedó anotado líneas arriba, aporta el pretexto literario; su esposa, Emma Thomas, participa una vez más en la producción; se incorpora al grupo el cinefotógrafo Wally Pfister, quien se convertiría en un colaborador habitual y trabajó a menudo en los años noventa con Gregory Dark (uno de los más reputados realizadores de soft porno). A ellos habría que sumar al actor Mark Boone Junior, quien encarna a un policía en Batman inicia (Batman Begins, 2005) y aquí tiene un pequeño rol. Para Nolan el equipo es importante, como podremos constatar en la filmografía por venir.

Amnesia inicia con una sorprendente escena que, pronto descubrimos, corre en reversa. Vemos una fotografía instantánea que va desapareciendo (como los recuerdos que se van), y por medio de ella Nolan nos anuncia su estrategia narrativa (así como la revelación que vendrá al final): la historia habrá de correr al revés. En este viaje a la semilla las escenas comienzan en un punto que parece tomado al azar y nos conducen a la aclaración de un evento que ya presenciamos. Pero además se alterna el color con el blanco y negro. El primero esboza lo que Leonard ha vivido en el pasado inmediato, mientras el blanco y negro nos remite a un pasado más distante, que se va precisando conforme avanzan los eventos. La cinta se presenta como un rompecabezas y el espectador es invitado a ubicar las piezas en su lugar. Al principio, para comprender los desplazamientos de Leonard y su relación con los otros personajes; después, para iluminar sus motivaciones, incluso las que él no quiere compartir. Como en Following, Nolan explora los efectos de la manipulación: Leonard se convierte en una especie de títere de los que conocen su condición. Y si acaso alcanza a darse cuenta, pronto lo olvida, lo que hace de él una fácil víctima. Aún así, hace todo lo que puede para tomar en sus manos su destino. Pero el cineasta también transita por el cine negro (aunque no explora con mayor rigor la negrura) e incursiona en terrenos filosóficos, así sea levemente, y abre un campo de reflexión sobre la identidad y la realidad: ¿cómo podemos conservar la noción de quiénes somos si lo vivido no deja huella, si lo que nos rodea se vacía constantemente de significado? Y Leonard va encontrando respuestas que le hacen posible la existencia, y confía en la realidad en la medida que se ajusta al propósito que ahora ha encontrado: la eterna venganza. Al final queda claro que el autoengaño, para el que no es extraño el olvido cotidiano, puede ser una estrategia para alcanzar la felicidad (que a su vez es fugaz, como algunas impresiones mentales).

Nolan deja ver una vez más que el dispositivo narrativo es parte fundamental en su forma de concebir el cine. Como la mente, el drama según Nolan no funciona de forma lineal, y hablar de continuidad es casi una obra de voluntad (como la continuidad de la realidad, según nos muestra Leonard). Parte del encanto es justamente esa construcción que se revela en reversa, gracias a la cual la emoción encuentra cauces impensables, pues crece con la confusión presente en la cabeza de Leonard. Sin embargo esto también es contraproducente, sobre todo durante la primera visión de la cinta (todas las películas de Nolan hacen deseable, y a veces imprescindible, la revisión), pues uno invierte una buena parte del tiempo y del esfuerzo en el armado lineal de la historia, y trata de entender más lo que le pasa a Leonard que tender puentes de empatía con su emotividad atormentada: es más una labor racional que emocional (si bien la satisfacción que uno obtiene al ir haciendo el armado también es una fuente de emoción). No obstante, propone una experiencia que empuja una paradoja, pues es muy difícil de olvidar.

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