Cuando la abyección es parte importante de la institución religiosa y la verdad os hará criminales

En primera plana (Spotlight, 2015) nos lleva a un tiempo en el que los periódicos eran aún grandes y sólidas empresas, y que, al menos en algunos casos, sobrevivían de las ventas de ejemplares y de los anunciantes de empresas privadas (y no de las migajas gubernamentales, como sucede hoy en más de un país); un tiempo en el que tenían un compromiso con su comunidad y encaraban su actividad con seriedad y profesionalismo; un tiempo en el que eran un medio de comunicación esencial y cultivaban con rigor eso que se llama periodismo de investigación, tan abaratado hoy día. Asimismo refrenda el poder del cine clásico en su más noble acepción: el que se sustenta en un género y en una estructura de tres actos, y se empeña más en la construcción de un relato que en el lucimiento formal, que busca entretener y entregar sustancia. Pero la cinta no funciona como mero recordatorio. Es reveladora en más de un sentido y lanza un mensaje a los frívolos tiempos que corren.

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En primera plana es el quinto y más reciente largometraje de Tom McCarthy, quien posee una larga trayectoria como actor; como realizador tiene una filmografía con algunos altibajos (con Descubriendo la amistad entrega buenas cuentas, lo que no puede decirse de Zapatero a tus zapatos). La acción se ubica en Boston, en 2001, y da cuenta de las actividades que llevan a cabo los reporteros de Spotlight, la unidad del Boston Globe del título original, especializada en investigaciones de largo alcance. Cuando llega un nuevo editor les solicita dar seguimiento a un alegato de abuso sexual perpetrado por un sacerdote católico. Entonces Robby Robinson (Michael Keaton) y su equipo, en el que destacan Mike Rezendes (Mark Ruffalo) y Sacha Pfeiffer (Rachel McAdams), comienzan a hacer averiguaciones y descubren un paisaje que para empezar les parece increíble, cuya sordidez es cada vez mayor, y que concluye con la publicación de “la historia”.

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McCarthy ingresa a la intimidad del Globe y propone una cinta que avanza gracias a la investigación. Para ello distribuye el protagonismo entre el jefe y los reporteros de Spotlight: el equipo, en conjunto, es el personaje principal. La dosificación de la información provoca las primeras reacciones entre los periodistas, que no dan crédito a lo que sus pesquisas arrojan y, como nosotros de este lado de la pantalla, van de la sorpresa al desasosiego. En la ruta se exhibe el paisaje conservador de Boston, una ciudad orgullosa que ha sido objeto “de estudio” en más de una cinta de corte policial (como en Los infiltrados de Martin Scorsese). Particularmente ahí la iglesia católica es una institución venerada y posee gran poder; y, al menos hasta antes de las revelaciones de Spotlight, era un verdadero pilar de la sociedad. Por eso las víctimas viven un conflicto que destroza la persona que se está formando –recordemos que las víctimas son niños– y llevan a cabo un proceso sumamente complicado, pues les resulta difícil aceptar y después hacer público que los sacerdotes, que gozan de un aura de bondad y son vistos como representantes de Dios, provoquen un enorme daño y hagan de la mezquindad un hábito. (Como sucedió en México con Jesús Romero Colín, cuyo caso es expuesto en el documental Agnus Dei: cordero de Dios de Alejandra Sánchez, quien comenta que el cura que abusó de él era bien recibido en su casa, y que cuando fue violentado sintió más bien vergüenza y se culpó a sí mismo; la indignación apareció después.) El acercamiento de Robinson y su gente comienza a tocar fibras sensibles y encuentra una gran resistencia. Asimismo descubren que las víctimas se consideran sobrevivientes. Para los enterados, entre ellos algunos abogados, tampoco es fácil hacer una denuncia: todos lo ven como pecata minuta y buscan proteger a su ciudad.

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McCarthy evita el sensacionalismo y la individualización del crimen. Como sugiere el editor del Globe, el objetivo es exhibir cómo funciona un sistema que permite y encubre el abuso. Y conforme avanzan las pesquisas va quedando claro que las autoridades eclesiásticas juegan un rol de encubrimiento, que en lugar de erradicar a “las malas manzanas”, se limitaban a reubicarlas, incluso cuando había casos de reincidencia. En primera plana expone que el cardenal local, respetadísimo en la comunidad, es uno de los principales implicados. Pronto se descubre además que los casos están más cerca de lo que imaginaron los reporteros: un excompañero de escuela de alguno; cerca de casa de otro hay un centro de “rehabilitación”. En primera plana muestra cómo en ese sistema también están involucrados los responsables de impartir justicia… y el mismo periódico. El paisaje expuesto es demoledor y difícilmente alguien puede lanzar la primera piedra: por acción u omisión la responsabilidad se reparte a amplios sectores de la sociedad. Aquí radica, a mi juicio, el principal valor de la cinta, pues invita a asumir la responsabilidad en casos en los que se cree que el mal está en los otros. Invita a vencer la cobardía y la autocensura, que es mucho más grave de lo que pudiera parecer, pues al guardar silencio hay un grado de complicidad.

Aquí puede consultarse información del Boston Globe:

http://www.bostonglobe.com/arts/movies/spotlight-movie

 

 

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