Creed: entre la nostalgia y la promesa boxísticas

¿El cine es el último reducto para hacer del box un deporte épico? A juzgar por los pobres espectáculos que al final ofrecen las “grandes” peleas de pago por evento, la respuesta debe ser afirmativa: en ningún lugar como en la pantalla grande se ven peleas grandes. Esta apreciación es reforzada por Creed: Corazón de campeón (Creed, 2015), que para efectos prácticos es prácticamente –o al menos hasta cierto punto– Rocky VII: la herencia.

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Creed: Corazón de campeón es el segundo largometraje del afroamericano Ryan Coogler, quien obtuvo merecido reconocimiento y numerosos premios en numerosos festivales –entre ellos Cannes y Sundance– con su ópera prima: Fruitvale Station (2013). Ahora sigue los afanes de un hijo natural de Apollo Creed, Adonis Johnson (Michael B. Jordan). Éste ha crecido en reformatorios, hasta que la esposa de Apollo se hace cargo de él. Años después lleva una vida prometedora en una empresa, mas no puede evitar su gusto por el box, el cual practica de forma clandestina en México. Pero un buen día decide que su futuro está en los cuadriláteros y viaja a Filadelfia con la intención de ser entrenado por el viejo amigo de su padre, el mismísimo Rocky Balboa (Sylvester Stallone). Éste se niega al principio, pero no puede impedir el ímpetu del chamaco. Adonis, por su parte, busca abrirse camino por sí mismo y tiene que lidiar con las consecuencias. Pero es un Creed: de eso da cuenta el título… y la cinta.

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Coogler apuesta por hacer un acompañamiento cercano a Creed. La cámara a menudo viaja a sus espaldas e ingresa con él al gimnasio y a los lugares donde habrá de pelear. Así nos comparte la impresión que tiene el boxeador. Esta estrategia también es pertinente para asumir algunos riesgos y es utilizada con fortuna cuando registra sin cortes, en planosecuencia, una pelea completa (de dos rounds) así como para estar con él en el momento estelar, desde el vestidor hasta el cuadrilátero, ubicado en un amplio escenario. En otros momentos, también habría que anotar, su acercamiento es más bien convencional, y la pelea se cuenta con violentos planos cerrados y la narración para la televisión (al estilo de Toro salvaje, de Martin Scorsese, que en su momento fue innovadora). El paisaje se completa con una puesta en escena que por momentos imprime calidez y da un aire de deterioro al universo de Rocky.

Coogler da un giro al clásico drama boxístico, habitado por lo general por jóvenes que no tienen un gran futuro fuera del ring. Aquí presenta a un tipo que recibió educación y aspira al éxito profesional. El conflicto aparece con su decisión de ser boxeador y se acrecienta con el peso del apellido, que Adonis no sabe manejar. A la larga este conflicto no termina de ser contundente y la película avanza más por la amena cotidianidad que se establece entre Rocky, Adonis –casi un hijo putativo de aquél– y Bianca (Tessa Thompson), una cantante que se convierte en novia del boxeador. El curso tiene sus altibajos, a veces pasajes de laxitud, pero las dosis de frescura presentes alcanzan para mantener el interés. El relato no es extraordinario; la historia no presenta grandes retos para el protagonista y ventila los archivisitados lugares comunes de la “sabiduría” boxística con un Rocky que luce fatigado y se mueve entre la comedia ligera y el melodrama contenido. Así las cosas, Creed: Corazón de campeón transita entre la nostalgia y la promesa, y es más entretenida que sustanciosa.

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