Contra (casi todo) el cine y las series de narcos

Con una celeridad escandalosa y preocupante, en tiempos recientes aparecen cada vez más películas y series de televisión (y también obras literarias) que tienen como estrellas a los narcotraficantes. Asimismo, los públicos se diversifican y se tiene un mayor número de destinatarios. De esta forma, ¿se mejora su imagen, se acrecienta su estatus y se hace un favor a ese grupo de maleantes?

Tiempo atrás en México se alimentaba este ¿género? desde el cine Z o chafa: el videohome, que se caracteriza por sus producciones baratas y malhechas. Éstas tenían como target principal al público hispanoparlante de Estados Unidos, una audiencia acrítica, capaz de añorar cualquier cosa de México, hasta su delincuencia. En Estados Unidos cada cierto tiempo aparecían –y no dejan de aparecer– producciones protagonizadas por capos del crimen de origen cubano, italiano, ruso, chino o mexicano (Donald Trump y el cine norteamericano comparten prejuicios: el mal viene de afuera, como sucede con algunas propuestas de terror, que endosan el mal a demonios del más allá). En Colombia ocasionalmente se producen cintas que exploran el fenómeno desde diferentes acercamientos: Víctor Gaviria ventila el terrible cáncer social en Sumas y restas (2004); el mexicano Emilio Maillé imprimía cierto glamour a Rosario Tijeras (2005).

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Mientras en México el narcotráfico era un mero relato no revestía mayor gravedad la exhibición de este tipo de producciones. ¿Podíamos ver como realidad real al Tony Montana (Al Pacino) de Scarface (1983) de Brian De Palma? ¿O era tan sólo una metáfora de la megalomanía que surgió de los deshechos sociales de Cuba? Por lo demás, el atrabancado Tony vivía muy lejos, en el falso paraíso de Miami. Pero desde que el narco se volvió una odiosa, cercana y peligrosa cotidianidad, ¿vemos igual el cine o las series de televisión que dan protagonismo a estos criminales? Realizar una producción audiovisual en estos terrenos, ¿no supone ahora una responsabilidad mayor? ¿No la supuso siempre? Interrogantes como éstos nos llevan al campo de la ética, el cual es pertinente, importante y urgente –o debiera serlo– para los que generan así como para los que consumen estas producciones.

La relación entre el cine y los criminales tiene páginas lamentables. En American Gangster (2007) Ridley Scott nos recuerda cómo los gángsters de los años veinte se apropiaron del “glamour” con el que los perfilaban en las películas. El gángster comenzó a vestirse y comportarse como los personajes que los representaban en pantalla: es en cierta medida una invención del séptimo arte. Mientras se quede en la pantalla y nos haga reflexionar sobre algunos aspectos de la sociedad, creo que no hay mayor problema. Pero ¿qué pasa cuando ese matón aparece en un antro?, ¿cuando conduce torpemente por Periférico y saca su arma al primer reclamo? Porque están entre nosotros, como los alienígenas de algunas películas fantásticas.

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En algunas películas los narcos son presentados casi como héroes: porque arriesgan su vida, a veces ofrecen dádivas a las comunidades que les son leales y se convierten en cómplices, viven en el vértigo y el peligro y desafían o son sagaces para comprar a las autoridades corruptas. Por si fuera poco, tienen al alcance de sus manos –y de todo lo demás– a mujeres que cubren con creces –y con implantes– los parámetros de la belleza. Hasta graciosos, nos los pintan. Pocas veces se hace ver a los sujetos de marras como lo que son: seres humanos cuyo propósito se agota en su propio bienestar, en su placer; cuyo “éxito” es proporcional al daño que provocan. Pero considerar que estos sujetos son exitosos habla muy mal de la sociedad que le puede colgar semejante calificativo a semejantes maleantes; una sociedad que mide el éxito por la riqueza (sin importarle mucho de dónde provenga: de productos de dudosa calidad o de la delincuencia empresarial), como la mexicana, es una sociedad en la que la corrupción se normaliza y el crimen se justifica. Lo peor es que hay gente que se lo cree a tal grado que termina por engrosar las filas del crimen organizado. El perfil que se hace del narco, en las series de televisión y películas que caen en la frivolidad, es positivo. Incluso hay quien busca endilgarles un conflicto moral. En el caso del colombiano Pablo Escobar no falta quien resalte el amor por su familia. Pero al final, qué pesa más, qué lo define más: ¿el reguero de muertos que sus actividades produjeron o el “hombre de familia”? ¿Hay verdaderamente una complejidad en ese personaje como para dedicarle películas y series? ¿No se está haciendo una apología tras otra? Singularizar a los narcos, dar cuenta de su biografía (¡ay, Sean!, ¡ay, Kate!) es ya hacerles un favor. El acercamiento a este fenómeno tendría que ser de otro orden, desde otro piso ético.

Me parece que el registro pertinente para este tipo de actividades y este tipo de criminales es el que se sustenta en la crudeza, como el que proponen cineastas como Amat Escalante en Heli (2013). O, desde el documental, el tapatío Mauricio Bidault en Hasta el final de los días (2014), en la que se sigue, entre otros horrores, una diligencia del Semefo, que recolecta en un tren costales con pedazos de cuerpos humanos. En ambos casos el asunto aterriza en el terror, que es el ámbito exacto para las actividades del narco. Porque incluso propuestas valiosas como la de Denis Villeneuve en Tierra de nadie: Sicario (Sicario, 2015) se quedan cortas: porque están pensadas desde una lógica taquillera, para no maltratar demasiado el estómago del espectador, para no espantar al público potencial. Lo congruente, creo, es que esto produzca un profundo malestar. O por lo menos reflexionar sobre lo que las decisiones de tono dramático y técnico terminan por vehicular, porque forma es contenido. Es deseable que los realizadores que encaran un proyecto de esta naturaleza se propongan ir más allá del entretenimiento. Del espectador habría que demandar una actitud más crítica, que haga el puente entre lo que ve en pantalla y lee en la nota roja.

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Pero, me temo, en el campo audiovisual abunda la irreflexividad. Para muestra las entrevistas que Televisa y TV Azteca hicieron al narco que baleó al futbolista Salvador Cabañas. En la primera cadena el entrevistador fue Carlos Loret de Mola. Para empezar, éste muestra una actitud entre respetuosa y atemorizada (muy contrastante a la prepotencia que le prodigó a Kalimba, a quien casi declaró culpable cuando al cantante se le acusaba de abuso sexual) y el micrófono que usa el entrevistado se oye mejor que el suyo. Al narco de marras se le graba en ángulo recto y en planos cerrados, lo cual hace lucir hasta cierto punto al agresor del futbolista. En TV Azteca la cosa va peor, porque el criminal es registrado en contrapicada, lo cual, como todo principiante sabe, engrandece al sujeto encuadrado. Entiendo que el espacio era reducido y las condiciones no eran óptimas, pero lo que correspondía era abrir el plano lo más posible y grabar al delincuente en picada: empequeñecerlo, como la foto que tomó algún militar del narco que se escapa de los penales de alta seguridad, quien con una camiseta sucia de lodo y ¿otra cosa? es visto en toda su miserabilidad.

Wim Wenders comentó en alguna ocasión que prefería abstenerse de abordar asuntos delicados como el sexo y la violencia. Esto surge menos de una actitud pusilánime que de una rigurosa reflexión (y pocos cineastas han reflexionado su oficio como este alemán). Pero si la necesidad de chamba hace inevitable realizar películas o series de narcos lo mínimo que cabría demandar es que el director se cuestione qué está diciendo por medio de sus emplazamientos, de su puesta en escena. Al público le correspondería validar o rechazar las propuestas audiovisuales. En conjunto, producción y consumo deberían contribuir a una mejor comprensión de la complejidad de este fenómeno, a una concientización. O, ya de perdida, a buscar la sinceridad: ¿o seguiremos viviendo en el autoengaño, creyendo que este fenómeno alcanzó “desde afuera” la gravedad que ahora tiene, solamente por las actividades de los criminales, las policías y los políticos?

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