Con el diablo adentro

Desde el inicio mismo de El demonio neón (The Neon Demon, 2016), la más reciente entrega del danés Nicolas Winding Refn, se hace evidente el afán de empujar una narración minimalista a partir de la magnificencia de la luz, el color y la cámara: en la cinta cuenta más el estilo que la anécdota. La película avanza como una serie de videoclips –o algo que está muy cerca de ellos– más o menos simbólicos, más o menos provocadores, más o menos transparentes. El resultado es más grandilocuente que grandioso. Veamos…

La cinta acompaña a Jesse (Elle Fanning), una joven provinciana, menor de edad, que llega a Los Ángeles con el propósito de trabajar como modelo. Pronto descubre que tiene algo que despierta admiración entre fotógrafos y diseñadores y rabia entre otras modelos. Pronto es contratada por una agente y comienza a trabajar en sesiones de foto y desfiles de moda, tan fastuosos como demostrativos. Todo pinta color de rosa, pero la vida para nadie es fácil en el infierno angelino.

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Winding Refn apuesta por una estética cercana a lo que hemos visto en sus cintas previas –Drive, el escape (2011) y Sólo Dios perdona (2013)–, en la que cobra notoriedad el color: abundan las imágenes bañadas con luces violetas y azules, rosas y rojas; incluso cuando se trata de pasajes diurnos, predominan elementos de color intenso. Asimismo la cámara propone acercamientos y toma distancia. Se crea así un ritmo visual más bien lento que lo mismo es pertinente para matizar lo que pasa en el interior de los personajes que para subrayar el significado de lo propuesto. En El demonio neón cobra fuerza un ambiente claustrofóbico, agresivo: la acción se instala en una ciudad-infierno oscura –de ahí que predominen los pasajes nocturnos, como en sus cintas anteriores– habitada por seres que se aferran a la belleza y a la juventud. Aquí todo se sacrifica o se moldea para tener la apariencia que el mercado –un mercado despiadado– demanda. El problema es que los involucrados saben de sus minutitos de gloria y no cesan en su voluntad de aferrarse a ellos: el tiempo de vigencia es limitado y la competencia es feroz, por lo que las chicas que buscan hacer carrera como modelo lucen bien pero cargan con grandes dosis de amargura y envidia.

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Winding Refn explora la cara amarga de la modernidad, la cara detrás de la belleza presente en los medios, particularmente en la publicidad. Al ser cuestionado sobre las siglas que aparecen al inicio (las de él mismo: NWR), acomodadas de forma similar a las del diseñador Yves Saint Laurent, el cineasta confiesa que hoy todo es cuestión de marcas. Aquí no hay buenos ni malos (en el infierno esto no tiene mayor sentido), hay los que saben aguantar y sobrevivir (alcanzar lo que hoy se considera como el éxito) y las víctimas. La cinta trae a la memoria las contrariedades de Barton Fink en la cinta epónima de los hermanos Coen: el demonio vive en la habitación de al lado, al acecho. ¿O será más bien que el diablo está adentro, y el infierno angelino es el marco natural para que se exteriorice (porque Jesse no es “buena”, lo cual puede inferirse cuando niega al fotógrafo amigo para obtener algún provecho)? El demonio se nutre del culto al yo y triunfa cuando se funden (o se besan, como sucede en una simbólica escena) la superficial imagen con lo que en realidad se quiere ser.

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El demonio neón hace apuntes valiosos pero al final entrega cuentas no muy sustanciosas. Deja ver cómo en una ciudad que ha llevado la superficialidad y el espectáculo a alturas portentosas se venera la juventud, la frescura y la belleza; pero ya ni siquiera ahí quedan rastros de ingenuidad ni de inocencia, como puede constatarse en el trayecto de Jesse. Lo moderno es apoderarse a toda costa de aquello que se desea… o destruirlo, como se ilustra en la cinta en pasajes que emergen del cine gore y del de vampiros (y la mayor parte de la cinta, recordemos, transcurre de noche). No obstante, Winding Refn entrega una cinta pretenciosa, demostrativa, machacosa, reiterativa; más grave que densa, más solemne que profunda. Logra su cometido de generar malestar en un paisaje aparentemente luminoso (a lo cual contribuye el ritmo, pero sobre todo la antipatía de prácticamente todos los personajes), pero a la cinta le falta vida (con todo y la abundante y no menos reiterativa música): hasta lo conceptual necesita cierto aliento.

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