Coco: el prodigio de reinventar el folklore

El folklore se vuelve rancio cuando no se airea. Después de un tiempo, músicas, iconografía y bailables tradicionales se convierten en tediosas repeticiones que generan más bostezos y fastidios que emociones. A menos que se presencien en estado etílico o en el extranjero, dirá más de alguno. Una reinvención siempre es deseable y sana. El británico 007 inventó un desfile de Día de muertos que ahora se escenifica en las céntricas calles del otrora Deefe; ahora Pixar vuelve sobre la celebración de este día con una cinta maravillosa: Coco (2017).

Coco acompaña a Miguel, un chamaco que tiene la ambición de ser músico e idolatra al difunto charro Ernesto de la Cruz, que en otras épocas fue estrella cinematográfica. Pero en la familia hay una animadversión por la música. Es entonces que la fantasía se convierte en posibilidad y Miguel viaja a la tierra de los muertos para buscar a su ídolo y recibir su bendición, lo que le permitiría conseguir su meta. En la ruta se encuentra a Héctor, un alma en pena que lo acompaña. Las sorpresas –y la magia– apenas comienzan.

Dirigida Lee Unkrich (codirector de Toy Story 2, Toy Story 3, Monsters Inc. y Buscando a Nemo) y por el debutante Adrián Molina, Coco llama la atención para empezar por el extraordinario diseño de imagen y sonido. Colores y formas se suman para maravillar al ojo en todo momento. La inspiración está en el paisaje que ofrece el México rural, sus formas, su arquitectura, se diría que hasta su aire y su luz; el trazo en el mundo de los muertos tiene su origen en las catrinas de Posada y es espectacular. Pero más que una recreación hay una reinvención, por lo que aparecen diseños característicos del “universo Pixar”. En la Tierra de los muertos, por ejemplo, se perciben rasgos similares a los que vimos en el aeropuerto de Toy Story o en el almacén de puertas de Monsters, Inc.; la nostalgia, con TV antigua de por medio, remita a WALL·E (2008). Formas tradicionales del folklore mexicano conviven con el Art Decó que remite al Hollywood clásico. Algo similar ocurre con las músicas, que surgen del universo ranchero y son trabajadas para que, sin perder esencia, se asomen a algo más (yo sigo esperando al osado que haga con el mariachi lo que Astor Piazzola hizo con el tango); hasta la música de banda es soportable aquí, caray.

La historia, que tiene sus bemoles y se queda corta en las reinvenciones, se nutre del melodrama que se cultivó con éxito en la época de oro del cine mexicano y que ha regurgitado con poca imaginación la telenovela nacional. Algunos personajes surgen de las películas rancheras –en las que cualquier pretexto es bueno para entonar canciones desde el hondo pecho–, como Ernesto de la Cruz, que es la viva imagen en catrín de Pedro Infante; otros surgen del Disney clásico. Lo mismo sucede con la temática abordada, que toca una fibra común al ideario de Hollywood y al del DIF: la familia es la institución. Aunque las estadísticas digan que en su seno se gestan una buena parte de los males sociales, se sigue apostando con fe por ella para la formación; sigue siendo el pilar a priori. Al final se subraya que el afecto alcanza para el apoyo y la felicidad. El mensaje cobra sentido en la vida y en la muerte, de ahí que el día de muertos éstos se hacen presentes y hasta se les deja comida y bebida en esos altares prodigiosos que hoy aparecen por todos lados. Así la tradición actualiza su sentido y refresca su vigencia.

Queda claro que hubo una buena investigación de la cultura patria: Coco es una especie de película de divulgación de lo mexicano. Abundan los estereotipos y los lugares comunes, cierto. Pero hay poco que reprochar, pues el humor hace que las cosas funcionen mientras suaviza la virulencia de los que pudieran ofenderse (¿al creer que sólo los mexicanos podemos burlarnos de los mexicanos?). El extranjero seguramente confirmará que la cultura de la muerte en México es de honda raigambre y no sólo es asunto de nota roja; a nosotros nos ofrece un espejo conmovedor, capaz de reconsiderar el hartazgo por lo folklórico (bueno, en esto último hablo por mí).

 

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