Cenicienta: Disney evoluciona sin dejar de ser fiel a sí mismo

Por más de una razón Cenicienta (Cinderella, 2015) es una sorpresa agradable. Para empezar porque imprime frescura a una historia bastante conocida (incluso si no se ha leído el cuento de los hermanos Grimm o visto ninguna versión cinematográfica previa) y mantiene la atención a pesar de saber lo que va a pasar. Pero hay más razones para celebrar esta vuelta de Disney a sí mismo –renovada eso que ni qué–, a los cuentos de hadas que tanto le gustan: hasta para el estudio de Mickey parece que la evolución es inevitable.

Cenicienta es la más reciente entrega del británico Kenneth Branagh, quien se ha inspirado, con resultados dispares, lo mismo en Shakespeare (Enrique V, Hamlet, Mucho ruido y pocas nueces) que en la novela gráfica (Thor). Ahora sigue las desventuras de Ella (Lily James) después de la muerte de sus padres, cuando no le queda más remedio que convivir con su madrastra (Cate Blanchet) y sus hermanastras. Entonces deja de ser la princesa de la casa para convertirse en la sirvienta de su parentela a la fuerza. Pero después conoce al Príncipe (Richard Madden) en el bosque, y su suerte habrá de dar un giro (o varios, con eso de que no falta el baile de rigor).

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Branagh da fluidez a su historia con una cámara en frecuente movimiento, que revela e impresiona, y contribuye a provocar más de una sorpresa así como a la construcción de un ritmo provechoso tanto para la acción como para el romance. La puesta en escena es de una exquisitez plausible: escenarios, vestuarios, maquillajes y luces (estas últimas, con propensión a la calidez, son cortesía del chipriota Haris Zambarloukos, con quien el realizador trabajó en Thor) se suman para dar un toque de elegancia y matizar los estados anímicos y las condiciones materiales de los personajes. Así, mientras el ojo tiene pretextos abundantes para entretenerse, también es seducido a menudo. A esto habría que sumarle las músicas del escocés Patrick Doyle (autor de las partituras de Thor y Valiente, entre muchas otras), que subrayan o acrecientan las emociones.

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Branagh tiende un puente con La bella y la bestia y con una buena parte del “cine de princesas”, con todo y su boda majestuosa en donde la casadera asciende a reina (ambición que no es exclusiva de la realeza según Disney; asunto que no es exclusivo de este subgénero, me temo). Saca buena renta de la suntuosa imaginería que caracteriza a este tipo de entregas y tiene el buen tino de verbalizar e insistir en el tema que se aborda, y que ronda alrededor de la generosidad y la valentía. La estrategia de explicitar el tema normalmente sería cuestionable, pero aquí resulta positiva porque no se limita a mencionarlo en los diálogos –sino que lo desarrolla en la historia– y es asimilable casi como un mantra por el destinatario principal de la cinta, es decir por la niñez: para bien o para mal, Disney educa. Puestos en acción, estos valores hacen surgir algo que cabría considerar como magia. El mensaje es conveniente en los tiempos que corren, en los que se busca obtener el beneficio propio a cualquier precio, y en los que es preciso ser valiente para ser bondadoso. Sin perder la consideración para el público infantil, además, el realizador inglés propone algunas dosis de picardía –voluntarias o involuntarias– que redundan en humor y ofrecen a los adultos oportunidades suplementarias para divertirse.

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Al final la fantasía es pertinente para reflexionar sobre la realidad. Se (nos) hace una invitación a tener en cuenta sendas más amables para la convivencia y a considerar el perdón antes que la venganza.

Frozen, fiebre congelada

Para abrir el apetito se presenta el corto Frozen, fiebre congelada (Frozen Fever, 2015) de Chris Buck y Jennifer Lee, también responsables del largometraje Frozen: una aventura congelada. Ambos vuelven a los personajes que habitan el largo y que han gozan de mucha simpatía; con ellos plantean una serie de situaciones que crecen con vértigo. Todo esto, el día del cumpleaños de Anna. El resultado no es tan redondo como sucede con otros cortos que se presentan antes de los largometrajes de Disney, pero tiene su gracia.

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