Birdman yace en Broadway

Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (Birdman or (The Unexpected Virtue of Ignorance), 2014) ambiciona ser una película total. En el paquete hay teatro y música en vivo; también hay una crítica de la crítica y hasta una crítica de sí misma, un elogio. Crea un nuevo género, “el superrealismo”, anota una emocionada periodista teatral que publica en la quintaesencia del esnobismo norteamericano: el New York Times. Birdman es un espectáculo fascinante, sin duda, y ofrece varias aristas en las que se contraponen la verdad y la mentira, la realidad y la ficción (y hasta la fantasía). La cinta amerita una crítica prolija y no menos elogiosa que el autohalago citado, cómo no. Pero también es deseable una crítica impresionista, de la que, por definición, se esperaría un recuento de las emociones que provoca. Y no sé si aquí el balance será impresionante.

Birdman es el quinto largometraje del mexicano Alejandro González Iñárritu (Amores perros, 21 gramos, Babel, Biutiful) y sigue las contrariedades de Riggan Thomas (Michael Keaton), quien otrora fuera un célebre actor de películas de acción (era el hombre bajo el disfraz del personaje del título). Ahora, veinte años después, está empeñado en recuperar su celebridad con el montaje en Broadway de De qué hablamos cuando hablamos de amor, pieza inspirada en el célebre cuento de Raymond Carver. Pero entre que uno de los actores principales no da el ancho y el sustituto es medianamente insoportable; entre que encara miserias económicas y familiares (con su hija, con su pareja, con su exmujer), su realidad y hasta su identidad entran en crisis.

Si bien hay una serie de cortes disimulados, González Iñárritu propone un seguimiento sin interrupciones y epidérmico. Su cinta es prácticamente un largo planosecuencia que avanza en relevos (ora seguimos a un personaje, luego a otro) y cubre alrededor de cuatro días en la vida de Riggan (los que van de los preestrenos a la función inaugural). Entrega además una serie de elipsis pertinentes para unir espacios y tiempos y que son tan lucidoras como provechosas para la narración. Sumado esto a las maravillosa expresividad de la luz, cortesía de Emanuel Lubezki, visualmente la cinta es un verdadero portento; es ya un hito cinematográfico: si Alfonso Cuarón entregó para la posteridad en Niños del hombre (Children of Men, 2006) una serie de planosecuencias memorables, todo Birdman lo es. El dispositivo funciona para dar cuenta del continuum emocional que experimenta el personajes en estos días intensos.

En la ruta González Iñárritu hace un estudio de proporciones filosóficas sobre la verdad. El actor sustituto (interpretado por Edward Norton) comenta que en el escenario no finge, que ahí “desnuda” su alma y “nada es un problema”, anota que “la verdad siempre es interesante” y no en balde recibe el apodo de “Sr. Verdad”; en el camerino de Riggan hay un letrero que dice “una cosa es una cosa, no lo que se dice de ella”. No es gratuito, tampoco, que proliferen los espejos, ante los cuales no cabe el engaño (y en algún momento incluso subrayan la división entre los personajes), que delimitan la realidad de la puesta en escena. Esta última se convierte en un reflejo de la circunstancia real de Riggan, como él mismo reconoce; y a la larga descubre -literalmente- su verdadero rostro. Birdman contrapone la falsedad del cine (en especial el de acción) con la verdad que hace posible el teatro, que aquí no es mejor que la vida, es la vida misma.      El afán de verdad se extiende a la música, la cual es diegética, es decir, está en el universo de la cinta: vemos al baterista que hace el score (la música que acompaña la acción) o está en la cabeza del protagonista. Para cerrar, censura el afán de grabar todo lo que pasa frente a nosotros, la mediación de una cámara; un actor reclama: “no vean el mundo por sus celulares”; en otro momento, acaso el más emotivo, Riggan lamenta haber grabado el nacimiento de su hija, porque así se perdió “el momento”. Eso sí, en la cinta se reconoce el valor que actualmente tiene convertirse en trending topic.

Birdman ofrece más de un nivel de lectura. En la superficie están los actores, que aquí muestran tremenda inseguridad y algunos son víctimas de su baja autoestima. Para empezar está Riggan (quien se ve a sí mismo como un “pavo con leucemia” y es calificado como un actor “triste, egocéntrico y mediocre”). González Iñárritu exhibe sus diferentes facetas, sus ambiciones y su necesidad de reconocimiento. Pero Riggan es además escritor y director. Y no es descabellado hacer un paralelismo entre él y González Iñárritu, que por boca del personaje hace un amargo reproche: “¿Por qué tengo que rogar para que la gente me ame?” (Y Riggan confunde el amor con la admiración y escucha que “la popularidad es la prima puta del prestigio”.) Pero las miserias se extienden a la masa en una modernidad que exige la relevancia. En una escena demoledora la hija de Riggan (interpretada por Emma Stone), le espeta que hay miles que, como él, quieren “sentirse relevantes”, y le hace ver su miedo de “no importar”. Y ya entrados en gastos, censura al productor, que es entusiasta en su labor de materializar un proyecto, pero que todo lo ve en términos de rentabilidad y es insensible a la vida.

La cereza del pastel (que también podría ser la mosca en la sopa) es la crítica de la crítica. El que se dedica a esto, nos dicen en Birdman, no tiene valor para ser artista, así como “el informante no lo tiene para ser soldado”. Riggan encara a la crítica teatral citada párrafos arriba -de cuya facha se hace escarnio: “parece haber lamido el trasero de un vagabundo”-, quien le anticipa, sin ver la obra, que su texto será demoledor y provocará que salga de escena, porque él “no es un actor, es una celebridad” y ella no soporta lo que él representa: la ignorancia. El actor-director-escritor le responde que ella no arriesga nada, que es una perezosa que sólo sabe colgar etiquetas. En otro momento se resta gravedad al asunto, al mencionar que al día siguiente el periódico será usado para “recoger caca de perro”. Si la crítica es tan despreciable y menospreciable, ¿entonces para qué molestarse tanto con ella y para qué tomarse tantas molestias para deslumbrarla? (Así como Spielberg incluyó en La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993) algunos ingredientes irresistibles para la Academia que le dio el Óscar.) Porque justo es anticipar que difícilmente algún crítico calificará mal a Birdman: tiene múltiples elementos susceptibles de ser celebrados por el gremio, incluso por aquellos miembros de él que habitualmente no se ocupan de la técnica cinematográfica.

Para no etiquetar la labor de Iñárritu y su troupe ni el resultado de su cinta, es pertinente hacer un esbozo de las emociones, la mentada crítica impresionista que se anuncia líneas arriba. A lo largo de los primeros minutos la fascinación se instala por los recorridos de la cámara, por las atmósferas creadas por la iluminación, por los chispeantes intercambios verbales entre los personajes. En adelante el dispositivo no pierde encanto (es más, las sorpresas se multiplican), pero me distraía constantemente: no pude evitar seguir más los recorridos de la cámara que los dramas de los personajes; estaba más atento al descubrimiento del reflejo de la cámara y el operador cada vez que aparecía un espejo, que a las miserias que ahí se desnudaban. Además, los cambios de tono (de la comedia negra al drama y al melodrama) provocan que me tome con relatividad las miserias de Riggan, que no llegan a conmoverme: él me resulta distante aunque sus conflictos no me lo parezcan.

No deja de ser irónico, al final, que en una cinta que busca dar una lección de humildad el realizador esté tan presente (en su deslumbrante dispositivo). Eso sí, gracias a Birdman será inevitable querer (más) a González Iñárritu.

 

Publicado en Magis http://www.magis.iteso.mx/redaccion/birdman-yace-en-broadway

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