Ay, Elvira, ni cómo ayudarte

Cuando terminó la proyección de Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando (2014) –bueno, a decir verdad no llegué hasta allá: apenas inició el desfile de los créditos finales me ganó la urgencia– concluyó la contrariedad experimentada a lo largo de toda la cinta (porque si hay películas que uno se lleva “de tarea”, que dan para la reflexión más allá de la función, ésta no es el caso: no es sano llevarse de la sala oscura la intrascendencia). Tampoco es que viviera una gran contrariedad, pues lo visto y escuchado apenas alcanzó a sacudir la indiferencia. Me explico.

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Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando es el tercer largometraje de ficción de Manolo Caro –¡en dos años!–, también responsable de No sé si cortarme las venas o dejármelas largas (2013) y Amor de mis amores (2014). Recoge las desgracias de Elvira (Cecilia Suárez), una mujer clasemediera y madre de dos niños. Una noche aciaga, y luego de un ataque de llanto del más pequeño, su marido (Carlos Bardem) sale a comprar cigarrillos. Y, previsiblemente, no regresa. Entonces ella cae en la cuenta de que ha sido abandonada, que el desdichado se fugó con un joven compañero de trabajo. Elvira no dice nada a nadie y busca cómo arreglárselas.

Elvira

Caro, también autor del guión, se instala en el núcleo de una familia que, para empezar, no es verosímil (incluso las familias disfuncionales han de parecerlo). Cecilia Suárez se esfuerza, pero no hay forma –ni en lo relativo a la apariencia física ni en el comportamiento– de creer en ella a la madre que recientemente ha parido y que pretende encarnar (su manera de dirigirse a los niños, a los que apenas toca, podría explicarse por la situación que vive, pero ni así me la creo); ofrece una actuación similar a la que le vimos en Las oscuras primaveras (2014) de Ernesto Contreras, pero si ahí era natural y se justificaba su permanente extrañeza, acá ésta resulta extraña. Hay un contraste marcado con el supuesto marido: el deterioro de Carlos Bardem haría pensar que es como treinta años mayor que su cónyuge (sí, sé que hay matrimonios que se llevan hasta más años, pero ni así). En el cine y afuera estoy dispuesto a creer cualquier combinatoria conyugal (luego uno se lleva cada sorpresa), a creer en la delgadez de la madre a unos meses del parto, en la distancia física con los hijos, pero en el cine para ser hay que parecer. Y aquí no parecen. (Mención aparte merecen algunos planos que nos quieren hacer creer que vemos desde el punto de vista de un personaje, ubicado frente a una puerta entrecerrada, pero desde donde aquél está no es posible que vea lo que supuestamente vemos desde su perspectiva: sí el cine es un asunto de puesta en cámara.)

Sin embargo la cinta presenta un problema mayor: los cambios de tono. Caro divaga sin ton ni son entre la risa y el llanto, la comedia y la tragedia (y, para acabarla, aterriza –o, mejor, acuatiza– en el melodrama), con poca gracia y menos densidad. Cuando el realizador pretende cambiar de tono lo hace con tan poco tino que el espectador no sabe si reír de las miserias de Elvira o compadecerla; de hecho –y para eso sirve ver las películas en la sala oscura– en el momento más dramático de la historia un vecino de butaca soltó una sonora carcajada. Caro queda lejos de la fineza que a menudo demanda ese género híbrido que es la comedia negra; su apuesta no rebasa la grisura, con un humor dudoso que, también habría que reconocer, a veces funciona: no faltaron, si bien tampoco fueron abundantes, los que ocasionalmente reían en la sala. Así, uno no termina de entender si hay que reír de las miserias elvirianas o lamentar la desvergüenza de los hombres necios que abandonáis a la mujer ¿sin razón?

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Por otra parte, Caro, en tanto autor, se hace presente de forma inoportuna mediante su manejo de la cámara y el montaje, con ángulos poco convencionales y discontinuidad en los cortes: la estilización que así construye es más pertinente para la distracción que para subrayar la emotividad, la contrariedad del personaje. Además, como ya-no-sé-cuántas películas reproduce el cliché del viaje al mar como liberación, mientras escuchamos la lectura de una carta que habla de una relación que parece de otra pareja, donde se mienta la frase que da título a la cinta. Asimismo, el cliché aparece en una galería de personajes secundarios que son meramente decorativos y, peor, son esquemáticos: el bufón, la beata mojigata, la amiga que no es tan amiga, la madre entrometida, ¡lotería!

Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando tenía el potencial de ocuparse del drama del abandono, de la presión social que padecen quienes lo viven; mientras corría la proyección estaba convencido de ello. Lo que nunca supe es si para Caro eso estaba claro. Ay, Elvira, te di dos horas de mi vida y mira qué malas cuentas das. Ni cómo ayudarte…

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